domingo, 22 de abril de 2018

La dimensión humana se evidencia cuando el hombre ejerce su ser y actúa o recibe acción. 

El hombre, en y por su ser queda abierto a proyectarse como hombre, no de cualquier manera ni según cualquier idea, sino según la verdad de su ser. 

Fuera y aparte de la verdad de ser no es posible la genuina proyección del hombre. 
Quizás resulte factible cierta realización de la idea; pero no se logra que el hombre se proyecte como tal. 

El hombre, rico en y por su ser, libera sus riquezas en la medida en que se atiene a la verdad de ser. 
Su verdad de ser orienta la proyección de sí mismo. 

El hombre, al ejercer su ser, descubre este orden como orden según la verdad de su ser, y, a la vez, comprende que su ser no consiste en una idea o en un común denominador con todo cuanto es real. 

Ser es el acto primero, su acto primero de cuya dignidad de acto se deriva que el hombre sea de forma personal y única,  heredero de la naturaleza humana. 

Ser es su acto primero en cuya dignidad reposa toda otra perfección de su naturaleza humana, su acto primero por cuya dignidad el hombre despliega sus riquezas humanas, su acto primero de cuya dignidad brota toda riqueza humana como fundamento de toda dimensión humana.

Se entiende, pues, por dimensión humana aquel horizonte de apertura de la naturaleza humana en que se evidencia la medida de la verdad de ser, y  en que se constata la medida de perfeccionamiento de una riqueza, capacidad, talento, recurso... del hombre. 

La dimensión humana consiste en el horizonte intangible de apertura que verifica la riqueza de acto de mi ser, y que verifica que mi ser me constituye persona humana.

Cuando el bebé llora, inicia un modo de ejercer su ser que le abre muchas dimensiones humanas: la dimensión comunicativa, la dimensión afectiva, la dimensión experiencial, la dimensión solicitante,... El bebé ya verifica, en su llorar, la verdad de su ser, aun cuando no sepa expresarlo verbalmente.

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